Yo ya lo conocía lo había visto muchas veces hablando solo, con los ojos azules y límpidos fijos en una distancia color amanecer. Lo había visto derramando su “buen día, señora; buen día, señor; buen día, señorita”, como si fuera una regadera de palabras humedeciendo el tiempo.
Y había visto también el enojo, la sonrisa burlona o la simple indiferencia de la gente que pasaba a su lado. Algunos insultándolo, otros haciéndole burla, los más sin mirarlo siquiera, como sino existiera.
Verónica se detuvo frente al hombre,
-Buenos días, señora ...
-¿Es tu amigo, mamá?
No supe qué contestar. Me tomó de sorpresa la pregunta. ¿Era mi amigo? ¿No era mi amigo? No sabia ...
-Si, nena linda-balbuceó él mientras quitaba una flor de los ramos del florista y me la alcanzaba con una mano huesuda y pálida- ,
Tu mamá es mi amiga ... Toda la gente es amiga mía ... Los viejos, los jóvenes, los chicos ... los perros, los gatos, los canarios ... Por que yo fui el que entro a la pajarería y le abrió las puertas a las jaulas de los pajaritos ... ¡ Hubieras visto como se puso el cielo ese día, de todos colores, igual a un jardín ¡ ¿ Cómo te llamas ?
-Verónica ... y quiero ser tu amiga. En la plaza yo me hago amiga de todos los chicos...
En cambio, las personas grandes son diferentes. ¿ No mamá?
- A veces ...
A veces ... o casi siempre, por desgracia.
La gente lo llama “el loco que dice buen día”.
Pero es el único que ser que vi con una flor en el ojal en primavera. Y que en vez de llevar un pañuelo en el bolsillo del saco, lleva una paloma blanca que picotea el aire leve. Y que en vez de tener los ojos empañados de envidia, de tristeza, de rencor ... los tiene abiertos y hondos, se puede ver con ellos lo que siente, como se ven los peces a través del agua de los riachos del sur.
Las personas grandes para ser amigas tienen que responder un complicado cuestionario, lleno de signos y números. No pueden decirle “buen día” a la gente que se cruza con ellas por la calle porque la gente se sorprendería y los llamaría locos, como el hombre de los ojos de niño que te dio esa caléndula y le va cantando al sol y a la ternura, estremecido por la alegría de trompo y calesita que da vueltas en el mundo de los niños.
Cuando el hombre se alejó, vos me preguntaste:
-¿ Por qué le dicen loco, mamá ?
-Porque ... porque no lo comprenden.
-A mi me parece mas loco aquel señor que va con sombrero y traje negro en un día tan lindo.
-A mi también, Verónica.
Tienes razón. Claro que tienes razón. ¿Cómo va a ser un loco un hombre que regala flores y saluda por las calles, cómo va a ser loco un hombre que ama a los viejos, a los jóvenes, a los niños, a los perros, a los gatos, suelta a los pájaros de las jaulas y sonríe por que el sol es redondo y amarillo ?
Locos ... somos los otros: los que miramos con angustia los relojes, los que no estrechamos las manos de quienes no nos muestran su documento de identidad y no tienen bien lustrados los zapatos, los que ponemos un vidrio de distancia entre nosotros y los demás ... con las excusas de protegernos. Bah, por temor a darnos, a amar, a que nos llamen locos.